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Her Kiki

 


Que recuerde no hay una sola monstruosa de la que se enamore ningún bello. Otro tabú, las mujeres antropomorfas monstruosas. Tan solo las mujeres barbudas son presentadas como monstruos...y como receta, la camilla.

Escena Autobiográfica. Hiperfeminización
¿Es cuestión de pelos y de kilos la feminización?
2000 Madrid /Santander
Viajo en tren, entro en el compartimento de las literas, es de noche, Chamartin estaba casi desierto, tengo ganas de ver a mis familias. El viaje de vuelta de siempre Madrid-Santander. Elijo la litera de arriba, disfruto tumbándome con esa luz tenue, frente a las cortinas viejas y desechas que se traban en el carril al correrlas. El traqueteo y las compañeras de vagón. Cada uno hace sus cosas antes de meterse en la cama, hay quien no se desviste, se tumba sobre la cama y se tapa los pies. El bolso bajo la cabeza y las manos cruzadas sobre el tronco. El traqueteo sigue de banda sonora y continua dando ritmo a mis sueños. Llegamos a las 8 de la mañana, como cada vez me despierto en la estación. Me pongo la ropa, cojo la mochila y para fuera con todas las demás. Estoy en casa, la estación de Renfe de Santander es un lugar cargado de simbología para mi. Mi ir y venir. Mis despedidas y reencuentros.
Salgo de la estación y me voy directa a Judith, mi madre me ha pedido hora. Judith es esteticién, comúnmente conocida en casa como la pelos. Solo tengo que andar una calle y girar a la izquierda y ya estoy. Me abre la puerta una señora de unos cincuenta años con bata blanca y aspirador en mano. Muy simpática me dice que debo de ser Manuela yo digo que si. Se ríe y me hace broma por estar ahí a esas horas. Soy veterana pero nunca había visto el espacio sin gente ni música. Parece una casa de esas horteras con vitrinas con porcelana y dorados. La entrada tiene unas cuantas sillas y una mesa con escaparates de cremas, un par de revisteros, y una alfombra rosita. En las paredes marcos finos que encuadran a un cuerpo de mujer desnudo que anuncia todos los servicios de belleza que ofertan; depilación de todos los tipos láser, eléctrica, cera, solarium, masajes, maquillaje.
Me ofrece una revista para esperar, Woman o Ragazza, yo se lo agradezco pero no, estoy pensando en la camilla para echarme a dormir.
Entonces me hace un gesto con la cabeza y la mano y se pone a andar, yo la sigo. Atravesamos un pasillo blando, en el que sigue habiendo una especie de moqueta rosa, que conduce a una sala que debía de ser un antiguo comedor muy grande y lo han dividido con paredes de madera que no llegan hasta el techo, a modo de probadores de teatro con la madera trabajada y oscura, imitando un estilo que bien podría ser del XXIII. La mujer abre una puerta y me invita a pasar. En la sala hay una camilla en el centro, alrededor maquinas, algunas parecen de los años 70 y un armario con las puertas de espejo. Me pregunta que si necesito algo y le pido una bolsa de plástico, celo y la crema. Se acuerda que Judith ha dejado preparado un pack para mi. Me lo da y cierra la puerta. Cojo la bolsa de plástico, busco una parte que no tenga letras porque luego destiñen, me tomo medidas de la ingle, y con las tijeras recorto el trozo calculado de la bolsa de plástico. Saco el tubo de crema para extendérmelo por la ingle izquierda, me hecho bien de ella que la otra vez no me cogió la anestesia y me dolió muchísimo. Una vez tengo una buena capa me coloco el trozo de la bolsa de plástico encima, la coloco bien y me doy un par de vueltas con esparadrapo. Está más o menos colocado, pero la ingle es difícil de embalar. Ahora con el film transparente comienzo a dar vueltas a mi pierna intentando coger la cadera. Me estoy viendo en el espejo hacer todo el proceso y no puedo evitar reírme de esa especie de morcilla que soy. Me tumbo como puedo sobre la camilla, me tapo con una toalla con puntillas que estaba puesta para eso y a dormir, me cuesta muy poco.
Me despierta una voz suave, la reconozco, es Judith. Me dice algo que no alcanzo a entender y se va dejando la puerta abierta. Me doy cuenta de que eso lleva en funcionamiento un montón de rato, no se cuanto tiempo habrá pasado, lo que tengo es una sensación de haber dormido muy bien. Me levanto de la camilla y asoma la cabeza de otra de las que trabaja allí, Mar, me dice que tal la dormidita y se ríe, luego me pregunta qué tal en Madrid. Yo le digo que muy bien y me contesta que estoy muy flaca que qué había hecho. Yo le digo que nada. Aparece Judith y se ponen a comentar lo guapa que estoy que lo que he ganado al adelgazar, hablan como si yo no estuviese, pero resulta que si y además en bragas, enroscada en film y con la sensación de no haberme despertado. Salen de su burbuja porque todo esto es a un ritmo acelerado como si hubiese música electrónica en vez de pajaritos, porque tienen mucho trabajo y todo son recesos rápidos, instantes. Judith me dice te toca, mantenemos un diálogo con gestos sobre si me visto o no para al final recoger mis cosas, apilármelas por encima a la vez que avanzo medio arrastrando la toalla que me cubría las bragas, ella me ayuda cogiéndome los zapatos. No sin poner cara rara y decirme que haber cuando crezco. Esto es porque llevo unas playeras de scaiter que me encantan y por lo visto a ella no. Pasamos a su sala que está en el centro de los boxer separados por madera oscura. La sala es diminuta es una especie de paréntesis de madera en el que hay una camilla, una silla y una máquina antigua. Coloco mis cosas por el suelo en una esquina, me mira con una sonrisa y me dice eres un caso. Me desenvuelvo el film dejándome la bolsa de plástico. Me tumbo en la camilla, a la izquierda hay un espejo gigante que tiene el mismo largo de la camilla, me veo entera, al lado derecho ya esta Judith con las gafas anatómicas puestas. Son unas gafas con una prótesis que hace de tercer lente a modo de lupa. Se incorpora de la silla me pasa con medio cuerpo por encima para coger una especie de hierro conectado a la máquina que me da para que me lo coloque debajo del muslo. Me quita la bolsa de plástico y con unos clínex me limpia la crema, tiene unas manos largas y blancas, lo hace con una suavidad extrema me da placer. Me parece mentira que luego sea tan sádica. Tira los clínex a una papelera que tiene debajo. Vuelve a semilevanarse de la silla y se inclina sobre mi para coger un lápiz negro que también está unido a la máquina madre, saca mi aguja de un sobrecito con unas pinzas de depilar y la mete en el lápiz, aprieta con el pie un pedal, clic, y con un instante de retardo se oye un sonido que siempre he identificado como el de la electricidad. Es la señal de salida. Empezamos.
Se coloca muy cerca de mi ingle, elije una zona y apunta a un pelo, en una mano tiene el lápiz negro con la aguja y en la otra las pinzas de depilar, el ritmo es rápido, mete la aguja en el poro del pelo dispara con el pedal y saca el pelo muerto con las pinzas. así sucesivamente. A mi de momento me ha hecho efecto la anestesia pero nunca se sabe cuanto me puede durar. En el momento que empieza a bajar y acercarse al limite de las bragas me duele, es un dolor que se me mete dentro, el ritmo sigue, es rápido, está muy entrenada. Mientras hablamos de cosas, me va preguntando por mi madre y por mi hermana, por la facultad, por los novios. Yo le voy contestando pero también aprovecho para preguntarle a ella. Cada vez me duele más, estoy empapada en sudor, la conversación la mantengo a duras penas, me duele y me es casi imposible hacer el esfuerzo de hablar para que se me olvide el dolor. Ella no me da tregua. Dejo de hablar intento pensar en otras cosas pero me está doliendo y me estoy poniendo nerviosa. Las lágrimas se me empiezan a caer. Me empieza a empujar la braga hacia dentro y yo lucho hacia fuera, me dice que la deje trabajar y yo le digo que me esta doliendo y que no necesito tener el coño tan depilado, que me lo tapan las bragas. Me contesta, ya pero cuando te quites estas bragas de abuela que llevas y te pongas un bikini o un tanga vas a parecer Tarzán. Yo me río pero no me hace ninguna gracia. Me esta haciendo daño. Le digo que mis bañadores son anchos, y que me da igual, que de verdad que no quiero que se meta tanto. Ella sigue en el intento de convencerme por las buenas, me dice que claro que si ligo donde vaya ir con ese matojo. Se ríe. Mientras la conversación ella sigue dándome bien de electricidad que se me va acumulando y va cargando mis nervios y mi paciencia. La cara ya la tengo chorreando, una mezcla de sudor y lágrimas. Sigue pinchando y sigue el sonido de corriente eléctrica. Tengo la camiseta empapada. Asoma la cabeza Mar y Judith aprovecha para meterla en la conversación. A ver tu que opinas, con estas ingles verdad que tendría que dejarme hacerle bien el triangulito. Mar asiente y me da ánimos, yo ya tengo un mosqueo de los de ya no hablo. Ellas entre risas siguen con las bromas de los coños peludos.
Me quiero ir me siento miserable teniendo que pasar por ese dolor sin sentido, en ese momento de dolor máximo y de nervios a flor de piel, quiero largarme ya, yo no quiero seguir con esa locura, las lágrimas se me resbalan por las mejillas. Judith sigue pinchándome, de la postura con la pierna doblada y abierta me esta doliendo el culo, creo que es la ciática. Le digo que me deje descansar un poco que me esta matando. Me pone el respaldo más arriba, le doy las gracias e intento una táctica nueva, por las buenas le digo que ya esta que me tengo que ir, pero ella sigue insistiendo en que lo tiene que acabar que no me puedo ir con ello a medias, y me da ánimos venga tienes que aguantar que luego te gustara, porque donde vas a ir con estos pelos?, salen corriendo.
Llevamos una hora. Me miro en el espejo testigo de los latigazos de mi cuerpo. Es como si al mirarme allí me mirara desde fuera. Me aterra lo que veo ¿que puto sentido tiene estar sufriendo esta tortura? Mar aparece para despedirse dice que se va que luego nos vemos, antes de irse con una sonrisa me dice esa vieja frase de para estar bella hay que sufrir. No quiero ser borde y no le contesto. Le pregunto a Judith qué hora es y me dice que las 14 pero cuanto he dormido? cuánto tiempo llevamos aquí? es que tu no comes? Y yo? Me vuelve con la historia de que quiere terminar el trabajo y que luego me voy a Madrid y que no la llamo y vete tu a saber cuanto tiempo pasa y... Hasta que no terminó no me pude ir. Me vestí dolorida, la ingle me abrasaba, me puse el vaquero como escocida y fui hacia la entrada donde me esperaba Judit. Me dio la nota y le firme la copia. En la despedida me dijo que siguiera así que me cuide que estoy mucho mejor, que antes estaba muy gorda. Yo pienso ¿muy? solo pesaba cinco kilos más.
No he vuelto.... Es de locos!


“Una chica que se feminiza, eso si que causa emoción”(Virginie Despentes, 2007:61)
Esta escena la he escogido por el carácter crísico que tiene. Estuve años yendo a depilarme pero después de ese día no he vuelto más. No es que fuera la vez que más me dolía pero si la vez que más lo encontré sin sentido. Quizás fuera el hecho de la extrañeza que me supuso verme en el espejo, desde un punto de vista diferente, extrañándome de mi misma. El espejo me permitía salirme y ver desde fuera, convertirme en extranjera de mis creencias, el volver a casa del que habla Maxime Greene, “el que regresa a casa (...) descubre que tiene que pensar de nuevo los rituales y las costumbres de su pueblo para poder entenderlo”, (M.G, 1995:82) cuestionar lo que antes era incuestionable. En este sentido la crisis y la extrañeza configuraron mi poder de agencia.
La esteticién como espacio de producción de la belleza, estar flaca, sin pelos, teñirse las pestañas, solarium. Un sin fin de servicios y productos que crean nuevas necesidades orientada hacia la hiperfeminización. “La producción no sólo proporciona un material para la necesidad, sino que también proporciona una necesidad para el material” (Karl Marx en Griselda Pollock, 1998: 2)
La depilación eléctrica definitiva la conocí por mi madre, la lucha contra los pelos me vino a través de ella, pero sería injusto culparla, pues a fin de cuentas si me depilaba o me depilo no es por satisfacer su gusto sino por ser igual al resto, no ser la mujer barbuda monstruosa. No quiero ser muestra de lo que no se tiene que ser. Soy una biomujer muy testosteronada de voz grave y peluda. Me gustaría pero no me atrevo a dejarme bigote. Si a llevar uno ficticio por la calle, pero no el mío..., sino recortado de mi melena y pegado. Como simulacro está bien, es divertido también porque no es la misma clase de bigote, uno es como si fuera de chico (ahí el simulacro), el otro es de mujer barbuda que de lejos se la saluda como me decía mi abuelo. Las biomujeres no pueden tener bigote. Ni siquiera pueden tener un coño que no este bien recortado. Ni que decir tiene que todas fliparíamos si se dejasen de depilar las ingles, es un paso que no se ha dado, las piernas y los sobacos en según que sectores están permitidas, pero ¿y las ingles? El otro día en las jornadas Stone Wall (Junio 09) en donde el ambiente no podía ser mas transmaricabollo, donde la gran mayoría de las personas allí presente se reconocían como transgénero, hubo una performance postporno en donde follaban unas con otras de todas las maneras posibles, trasgrediendo los prejuicios sados. Mi sorpresa fue que de todas las biomujeres que había ninguna llevaba el coño sin depilar. Todas lo tenían a la moda, llamada brasileña, con un bigotito vertical o ni eso. La era del anti pelo.
Volviendo al relato eléctrico donde la máquina madre me sometía a torturas como las máquinas perversas de la ciencia ficción, donde me encontraba otra vez sobre una camilla respondiendo a la enfermedad, donde el espacio estaba compartimetizado como en los boxer de urgencias, es acaso casualidad que me entreguen unas revistas que se llaman Woman y Ragazza?
La no inocencia de la categoría mujer, al decir de Donna Haraway, que homogeniza, esencializa, excluye y marca modelos a seguir. Es el modelo, la creencia bajo la que operan estos espacios que funcionan como controladores y reguladores de la feminidad. Regula los limites de ésta tanto por sus tecnologías somáticas como visuales. Hay por toda la sala modelos de mujer. Como si ese fuese el objetivo de toda la que entra allí. Ese modelo de identificación presentado representa a una biomujer burguesa, blanca y joven o que lo parece. En nuestro todavía contexto racializado este etnocéntrico modelo de belleza funciona como el ideal de estos centros de estética.
Concibo este espacio como un túnel de lavado hacia la hiperfeminización. Donde usando la noción de coerción performativa de Judith Butler, el género se da a través de “procesos semioticotécnicos, lingüísticos y corpolares de repetición regulada impuestos por convenciones culturales”, las revistas, las camillas, las agujas, las imágenes, la música, las trabajadoras de la belleza.
El hecho que me coincidan los nombres de la revistas con las ideas que quería tratar en esta escena no ha sido intencional. No llego a controlar la acción de mi inconsciente en el acto de la escritura, tampoco lo dudo, pero la intencionalidad consciente no era la de que todo cuadrase. Los nombres de revista que me sé los aprendí allí. En ningún otro espacio tenía acceso a este tipo de revistas de moda.
Las alusiones a mi forma de vestir por parte de la custodiadora de la femineidad, Judith “la pelos”, denotan que la ropa inscribe en una clase social, en un género y una edad. Pero de igual modo pueden desinscribir, puede funcionar como transgresión de las normas y lo inculcado. Vestir como un chaval a mi me carga de energía y seguridad, no ponerme tacones ni muerta, ni en bodas ni bautizos, me gusta, incluso espero que alguien me diga algo, para contestarle, no te gustan los que llevo? A mi los tuyos tampoco.
Un Aspecto que quería destacar es que a partir de la lectura de Teoría King Kong (Virginia Despentes 2007) puse en común con ella el hecho de la visibilización de una bio-mujer hiperfeminizada. Cuando adelgacé y me dejé el pelo largo pase a ser un sujeto visible, la vida me atrevo a decir que era hasta más cómoda. Supongo que cuando me quiera deshacer de mi feminidad no tendré mas que cortarme la melena.
En varias de las escenas autobiográficas que he presentado se da un desreconocimiento, el espejo, la gráfica, el disfraz, el museo, “la des-identificación es una condición de emergencia de lo político como posibilidad de transformación de la realidad”.(Beatriz Preciado, 2008:284)

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